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Un alto porcentaje de clientes reclama a los restaurantes adaptar su mobiliario ante la creciente tendencia del fat-shaming

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La diabetes, las enfermedades cardiacas y otras patologías asociadas con la obesidad son los causantes del mayor número de muertes no traumáticas en Norteamérica.

En EE. UU. el porcentaje de población con sobrepeso, obesidad u obesidad mórbida supera ya el 35% y lejos de cambiar se prevé que para 2030 dos de cada cinco ciudadanos estadounidenses sufran esta condición.

La juventud está especialmente azotada por esta epidemia ya que ha habido cambios muy profundos en el modo de vida. Mientras que las generaciones anteriores vivían en un mundo donde el ejercicio físico era parte de la actividad normal de cada día en forma de juegos y deportes, ahora los menores prefieren relacionarse online mediante juegos de computadora o consola. El sedentarismo domina la escena.

La cantidad de comida disponible y la forma en la que esta se consume también es diferente a como se hacía antaño. Antes lo normal era cocinar en casa los productos recién llegados de una huerta, granja o cultivo. Por el contrario, ahora los productos procesados son los que realmente abundan en la cesta de la compra, y con ellos llegan los azúcares añadidos y las grasas saturadas que tan mala fama han conseguido. Y no es que sean malas per se, es que su abuso desencadena cambios fisiológicos que pueden mermar nuestra calidad de vida.

En cualquier caso, los cambios que han derivado no son tan importantes como las soluciones que hay que poner en funcionamiento para que esta tendencia no siga al alza. Los endocrinos y asociaciones médicas de EE. UU. intentan informar al consumidor y llegar a los más jóvenes a través de las escuelas.

En los casos de familias en las que varios miembros presentan el cuadro diagnóstico de la obesidad, los esfuerzos de los científicos y profesionales se ven dinamitados por el sabotaje que tiene lugar en el núcleo familiar. Por culpa de este tipo de conductas dañinas han surgido, además, adultos que opinan que el exceso de peso no es un problema médico y que están sufriendo una marginación social al ser tratados de forma diferente solo por tener un cuerpo distinto.

Esta peligrosa percepción de la realidad ya ha atraído a miles de personas que han hecho del fatshaming un enemigo contra el que conviene unirse. Escudándose en los supuestos ataques del resto de la población, se niegan a hacer frente a sus problemas y por el contrario prefieren liderar un cambio social que haga que el mundo se adapte a ellos.

Juicios por verse obligados a comprar dos billetes de avión para poder disponer de suficiente espacio, batallas legales contra fabricantes de sillas por roturas que tuvieron lugar cuando se excedieron todos los esfuerzos mecánicos razonables sobre las patas, luchas interminables en los juzgados para dirimir las responsabilidades en un restaurante bufé libre que bloqueó la entrada a un cliente por su buche insaciable… Hemos visto de todo, pero la nueva campaña del movimiento de aceptación de la obesidad quiere que los locales públicos cuenten con infraestructura y mobiliario adecuado a sus necesidades.

Los restaurantes deben decidir ahora qué hacer. Han tardado mucho en reconocer la existencia del problema, y las exigencias que realizan las personas con exceso de peso podrían apilarse rápidamente. ¿Mantenerse firmes y contribuir al bienestar social o adaptarse a este nuevo segmento empoderado de la sociedad y buscar beneficios a cualquier coste?

Es una difícil dicotomía, especialmente cuando se tiene en consideración las situaciones por las que pasan algunas de las personas afectadas. Los sillones estrechos con reposabrazos pueden convertirse en una tortura cuando cualquier movimiento está impedido y el más mínimo reajuste de posición desemboca en rozaduras en los muslos.

Tampoco es disfrutable estar en un salón donde todas las mesas están pegadas. Para las personas voluminosas esto les obliga a avanzar con exagerada precaución mientras se sienten objetivo de todas las miradas. Una especie de paseo de la vergüenza.

Aquellos que sufren de sobrepeso, aunque lo hagan con orgullo, no pueden disfrutar de una comida en un restaurante si la silla que los sostiene es de estructura endeble. La misma pregunta ronda una y otra vez por las mentes de estos comensales: ¿aguantará o acabará por colapsar?

Los defensores del movimiento apuntan que no considerar este tipo de situaciones es una muestra de marginación predeterminada. Aunque aceptan que el servicio de camarería de los restaurantes intenta ayudar de forma cortés una vez son informados del problema, acusan a los gerentes de los negocios de restauración de no preocuparse de antemano de estas circunstancias que, al ritmo actual, cada vez serán más frecuentes.

El mobiliario del restaurante no es precisamente barato. Readaptar la distribución de las estancias públicas del local puede suponer una inversión cuantiosa a la que no todos los restauradores pueden hacer frente sin un análisis pormenorizado de los pros y contras que justifique el gasto. Con todas las cartas sobre la mesa, la cuestión es: ¿qué hacer?

De momento no hay respuesta correcta.

Sobre el autor

Redacción

Artículo realizado por el equipo de redacción de DiegoCoquillat.com. Cuenta con profesionales tanto en el terreno de la hostelería, gastronomía y turismo, como en de las nuevas tecnologías e innovación.

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