La crisis del coronavirus acapara toda la atención en los medios y podemos pecar de no atender otros asuntos cuya importancia es mÔs o menos equiparable.
Anualmente mueren en el mundo centenas de miles de personas por enfermedades cardiovasculares y respiratorias derivadas de una u otra manera de la obesidad. Se trata de una plaga en cierto modo silenciosa que se extiende lentamente por todo Occidente e incluso en los paĆses en vĆas de desarrollo.
Uno de los mayores problemas es el acceso a una alimentación sana. Mantener una dieta correcta y equilibrada supone un gasto que muchas familias no pueden asumir ya que los productos frescos como hortalizas, carnes y pescados son considerablemente mĆ”s caros que los alimentos derivados que se preparan a escala industrial. Hemos pasado de una sociedad que ilustra a los ricos con orondas barrigas y chaquetones caros, a una que piensa en la tĆpica diva escultural y el adonis cincelado disfrutando en su millonaria mansión con todo tipo de lujos. Los segmentos mĆ”s adinerados de la población pueden cuidarse a travĆ©s de la alimentación, pero los menos afortunados no.

Otro de los problemas a los que tiene que hacer frente el ciudadano común a la hora de mantener su figura es la falta de una educación dietética. Los investigadores ya han demostrado que las costumbres heredadas del núcleo familiar juegan un papel crucial en el sobrepeso, o ausencia de este, de los futuros adultos, extendiéndose incluso por varias generaciones. Por un lado esto significa que es necesario romper con las costumbres de alimentación que tienen lugar ahora mismo en muchos hogares, y por otra parte se pone de manifiesto que no hay suficiente educación escolar para que los jóvenes puedan salir de este ciclo.
Finalmente, otro de los puntos sobre los que es necesario incidir es la falta de información. En este sentido el etiquetado de los alimentos es de gran ayuda, pero aĆŗn tiene muchas carencias. Ha trascendido en los medios en mĆ”s de una ocasión que los valores calóricos de los alimentos no reflejan la realidad fielmente. En contadas ocasiones se dan datos por encima de los reales, mientras que en un nĆŗmero de casos estadĆsticamente sospechoso los dan a la baja.
Por otra parte, en muchas industrias no hay obligación de hacer constar esta información. Por ejemplo, cuando la cantidad de cierto componente no rebasa un lĆmite establecido, no es necesario reflejarlo. Esto deriva en situaciones tan contradictorias como que algunos alimentos no tienen calorĆas, lo cual a todas luces es falso.

Hay que tener en consideración que las normas de aplicación en la industria alimentaria se desarrollan a nivel estatal o local, no hay un consenso internacional. Esto puede generar brechas en el flujo de información en los productos importados, por poner un ejemplo. AdemĆ”s las exigencias varĆan de un paĆs a otro, la falta de un acuerdo comĆŗn a este respecto permite la proliferación de la obesidad por pasividad.
AdemĆ”s, no podemos olvidar que aunque los productos vendidos en supermercados y otras tiendas de alimentación estĆ”n obligados a presentar su etiquetado en la mayorĆa de ocasiones, no es asĆ en otros establecimientos donde se vende comida. Los restaurantes y bares entrarĆan en este vacĆo legal.
Ahora, segĆŗn un estudio publicado en Journal of the American Heart Association, se demuestra que, con un correcto etiquetado que cubra todos los productos y puntos de venta de los mismos se podrĆan evitar a corto plazo 14 000 casos de enfermedades coronarias asociadas a la obesidad y 21 000 de diabetes tipo 2, solo en EE. UU., ambas patologĆas con elevada morbilidad dentro de cohortes de pacientes obesos. Los datos serĆan un poco inferiores en la Unión Europea.

No solo debemos atender a la pĆ©rdida de bienestar y vidas humanas. Si nos fijamos en la economĆa, especialmente en paĆses con un sistema nacional de salud pĆŗblica como el nuestro, al no realizar un correcto etiquetado estamos haciĆ©ndonos un flaco favor. BĆ”sicamente nos tiramos piedras en nuestro propio tejado pues los costes asociados a la atención, medicación, cirugĆa y otros protocolos derivados de un correcto diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mencionadas cuesta cientos de millones de euros del erario pĆŗblico cada aƱo. Dinero que podrĆamos ahorrarnos e invertir en otros frentes al mismo tiempo que mejorarĆamos el nivel de vida de muchos de nuestros conciudadanos.
Las iniciativas que pasen por un etiquetado mÔs exigente de los alimentos se pagan solas, asà pues. Pero ademÔs, en muchos casos en vez de repercutir negativamente en el consumo, pueden ayudar. El problema mÔs habitual no es cuÔnto comemos, sino qué comemos, y por ello la industria alimentaria no tiene por qué perder volumen de negocio, solo tendrÔ que adaptarse a los cambios de comportamiento de consumo que vengan. Algo que ya estÔ ocurriendo, pues cada vez es mÔs común ver en los estantes de nuestras tiendas de alimentación secciones completamente dedicadas a productos saludables, dietéticos, aptos para personas con alergias alimentarias o con dietas restrictivas, como puedan ser la vegetariana o la vegana.
Entre la juventud espaƱola hay un claro interĆ©s por alimentarse de forma mĆ”s sana, y ofrecer información sobre cómo hacerlo mejora la percepción de la marca por parte del consumidor. AsĆ, es recomendable que las cartas y menĆŗs de los restaurantes dispongan, al lado de cada Ćtem, información nutricional sobre el plato en cuestión, a ser posible junto con otros aspectos de interĆ©s para el consumidor, como puedan ser la procedencia o peculiaridades de los ingredientes empleados. Un amante de la carne que visita un restaurante con la intención de degustar un chuletón de medio kilo no se amedrentarĆ” por un conteo calórico, pero las personas que estĆ©n buscando vivir de una forma mĆ”s saludable y mantenerse alejados del problema de la obesidad apreciarĆ”n el esfuerzo que el restaurante ponga por informar. Al fin y al cabo su experiencia de usuario se ve mejorada al poder realizar una elección de su comanda mĆ”s acertada y afĆn a sus necesidades.

En EspaƱa la incidencia de la obesidad estĆ” creciendo. El abandono de la dieta mediterrĆ”nea, el sedentarismo y una mala educación dietĆ©tica ponen en peligro a los mĆ”s pequeƱos. Se estima que, de no actuar ahora sobre el problema, las patologĆas derivadas de la obesidad podrĆan reducir la esperanza de vida en EspaƱa (actualmente la segunda del mundo) y suponer un cuantioso gasto a nuestro sistema de salud pĆŗblica, solo comparable con el que tiene el cĆ”ncer actualmente.
A falta de soluciones mĆ”s contundentes, como un impuesto a los alimentos daƱinos que ya se ha probado en varios paĆses (nuestros vecinos franceses incluidos), un correcto etiquetado siempre presente, informativo y bien visible, puede ayudarnos a paliar la crisis de obesidad que se nos avecina.



